Los
recortes amenazan unos programas que han demostrado su eficacia desde
los ochenta
Publicado en el Pais 24/01/2013
Muchos
representantes de sectores básicos del Estado de bienestar están
tratando de explicar por qué es tan peligroso recortar los servicios
sociales, la sanidad y la educación. Yo también lo voy a intentar
aprovechando que el sistema de atención a las drogodependencias
tiene que ver con los tres anteriores. Las drogodependencias son un
problema social, de salud y su prevención es básicamente una tarea
educativa. Quisiera hacerlo de manera sencilla, sin caer en el
melodrama, ni en la guerra de cifras.
Lo
primero que conviene decir, para quien tenga la fortuna de no
necesitar saberlo, es que nuestro sistema de atención a las
drogodependencias es un buen sistema. Es muy profesional, está bien
distribuido a lo largo el territorio nacional, en él confluyen
especialidades sanitarias y psicosociales (tiene un enfoque
biopsicosocial quizá como ningún otro servicio de nuestro país) y
presta una atención de calidad a los pacientes y a sus familias.
Siendo de responsabilidad pública, ha sido capaz de crear un sistema
mixto en el que conviven recursos que gestiona directamente la
administración con otros que gestiona la iniciativa privada,
fundamentalmente ONG. Algo muy importante es que la gente que
necesita ayuda y sus familias se sienten bien acogidas y atendidas.
Las encuestas de satisfacción de los usuarios así lo atestiguan,
pero también pueden preguntar a cualquiera que lo haya necesitado.
Lo
segundo tiene que ver con su origen y probablemente con su futuro. El
sistema público de atención a las drogodependencias y adicciones es
relativamente nuevo en nuestro país. Se organizó a raíz de la
enorme repercusión social que tuvo la epidemia de heroína de
finales de los setenta y primeros ochenta. El Plan Nacional sobre
Drogas se aprobó en 1985 y contó con el acuerdo explícito de todos
los partidos políticos representados en la Cámara. De esta época
es importante destacar la eficacia del consenso, pero también la
relación entre “alarma social” y apuesta política.
Nuestro
sistema de atención a las drogodependencias es un buen sistema"
Una
vez en marcha no se especializó sólo en heroinómanos, que en su
mayoría eran politoxicómanos, sino también en las otras
dependencias: de la cocaína, del alcohol, del cannabis, etcétera; y
más recientemente, en todo tipo de adicciones comportamentales:
juego patológico, compras compulsivas, videojuegos, sexo, etc.
También contribuyó eficazmente a detener la epidemia de sida de
nuestro país.
Los
profesionales que trabajamos en sus servicios hemos aprendido mucho
en estos años sobre los mecanismos que nos someten a la dependencia,
sea cual sea su causa, con sustancias o sin ellas, y sobre las
estrategias que nos ayudan a emanciparnos, a ser personas más libres
y autónomas. Un capital de conocimientos muy necesario, creo yo,
para la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Aunque no seamos
toxicómanos todos padecemos alguna dependencia y conocemos el precio
que pagamos por ellas.
El
origen de este plan debería hacernos reflexionar sobre su futuro.
Nació frente a una crisis social y de salud. Ahora que la percepción
social del problema ha disminuido, en parte, porque la respuesta
ofrecida ha sido adecuada, parece que los políticos están menos
interesados en mantenerla. Cuando el problema se situaba entre las
tres primeras preocupaciones de los ciudadanos según las encuestas
del CIS de la época, junto al paro y al terrorismo, los poderes
públicos acudieron prestos a afrontarlo, ahora que la percepción
del riesgo ha disminuido ¿qué harán? Un problema de esta índole
no se mide por la alarma puntual que desencadena, sino por sus costes
sociales, familiares, de salud y por el sufrimiento que provoca.
También por sus costes económicos, que son muchos. Si queremos ser
un país serio no podemos correr de un lado a otro apagando fuegos
más o menos mediáticos. Incluso desde la lógica de la austeridad
más estricta debemos conservar aquello que es valioso de lo que
hemos construido.
Todos
padecemos alguna dependencia y conocemos el precio que pagamos por
ellas"
Desgraciadamente
los recortes hace tiempo que han empezado, tanto en el sector
estrictamente público, como en programas dependientes de ONG con
tanta implantación como Cruz Roja, Proyecto Hombre, la Fundación de
Ayuda contra la Drogadicción (FAD) o la Fundación Atenea y de otras
muchas que actúan a nivel autonómico o local. Lo que no sabemos es
hasta donde van a llegar. Y no podemos saberlo porque no lo dicen,
porque no se hacen públicos los planes. Lo único que se conoce son
las magnitudes de los recortes que emanan de los consejos de gobierno
y parecen realizarse a tanto alzado: ¡Recorten un 20%, un 30%, o,
mejor, un 50%!, sin más criterios que los puramente económicos, sin
distinguir entre lo necesario, lo superfluo y lo imprescindible, sin
preguntar y sin dar explicaciones. Realizados de esa manera pueden
producir un colapso del sistema sin necesidad de desmantelarlo.
En
cualquier caso, se echan en falta transparencia y capacidad de
diálogo con los profesionales del sector y con los ciudadanos
involucrados. ¿Es que hemos dejado de ser interlocutores válidos?
Esta manera de hacer las cosas no solo recorta derechos y servicios,
sino que deteriora las prácticas democráticas de dialogo y consenso
que tanto trabajo nos ha costado adquirir en este país.
Llegados
a este extremo de equilibrio desigual entre los que deciden y los que
tienen que ejecutar o acatar esas decisiones, recordamos otro aspecto
relacionado con los orígenes del sistema. En los años 80, las
asociaciones de afectados, constituidas fundamentalmente por madres,
prácticamente habían declarado la guerra a los poderes públicos,
exigiendo, en la calle, una respuesta ante las consecuencias de la
droga. El movimiento de “lucha contra la droga” fue el último
gran movimiento ciudadano de esas características que se recuerda en
nuestro país.
En
su momento, se pudo encauzar de manera sensata y colaboradora,
poniendo de acuerdo a políticos, ciudadanos y técnicos. ¿Qué
haremos ahora?
Alfonso
Ramírez de Arellano
es vicepresidente de la Fundación Atenea.
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